El cisne

Tenía años sin saber de él, la verdad es que prácticamente era un recuerdo borroso en mi mente al cual acudía cada vez menos. Al principio me sentía muy culpable y triste por eso, me costaba aceptar que nuestras promesas de estar por siempre juntos no se cumplieran.

Estuvimos casados poco tiempo, algunas veces se sentían volar los segundos, otros eran verdaderas eternidades en el desierto, no duró… En la vida en realidad nada lo hace, todo termina de manera fugaz. Fui feliz a su lado, pero también fui desdichada, al final, después de que nos destruyéramos con indiferencia , nos dijimos adiós de manera pacífica. La última vez que lo vi lo percibí tan frágil que no supe que hacer, intentaba ser fuerte, pero se desmoronaba por dentro, lo se… me sentía igual.

Dicen que el tiempo lo cura todo, pero el verdadero remedio es el olvido, el tiempo duerme los sentidos, te hace entrar en un trance onírico, el olvido por otro lado, te deja seguir casi hasta de manera ingenua, te permite obviar la vida, no se molesta en avisar… el único problema con el olvido es que es un maldito traidor, una imagen es suficientemente para hacer regresar todo de manera torrencial, los besos, las caricias, los amaneceres, los atardeceres, los abrazos, la risas, los buenos recuerdos, la playa, la montaña, el calor, el frío, las lagrimas, la soledad… La soledad estando el uno junto al otro.

En mi caso esa imagen fue una imagen que Facebook subió como recuerdo de hace dos años, él era realmente cerrado, había publicado poco o nada en el tiempo que estuvimos juntos y aún menos después de eso, salvo, por esa foto, era una foto dentro de lo que cabe común, era un precioso atardecer en Mar del Plata y ahí estaba él a orillas de la playa, me pregunté quién habría tomado esa foto, si ese momento había significado algo para él… Siempre soñamos con ir juntos a Argentina.

Después de contemplar la foto unos minutos, me recuperé de la avalancha de emociones, él había seguido adelante y yo también, me daba gusto por ambos, ese sentimiento reconfortó mi corazón.

Esa noche era la fiesta navideña de mi mejor amiga, cada año era más grande y emotiva, era el evento que todos esperábamos durante el año entero. Algunos amigos inclusive viajaban de otras partes del país para asistir, era imposible ir y no divertirse en esta fiesta.

Este año estaba particularmente emocionada, me había perdido la del año pasado, no me arrepentía, me había ido de viaje, en este momento no recuerdo a donde, pero de los viajes uno nunca se arrepiente, los viajes son la bocanada de aire que el alma necesita para florecer.

La fiesta estaba en su apogeo, la música sonaba fuerte y la luz iluminaba poco, el humo del tabaco era denso y ya todos habíamos encontrado un buen camino hacia las copas. Recuerdo que bailaba con soltura con mis amigas, el eco de sus risas me animaba más cada vez. Ellas me habían acompañado en cada etapa de mi vida, nuestra amistad se había vuelto más y más sólida con el paso de los años y aunque no nos veíamos tanto como queríamos, siempre era un verdadero deleite su compañía.

La noche seguía con la magia del buen momento, ya me sentía un poco más borracha, pero nada que no pudiera manejar, el baile siempre ayuda a que el cuerpo se quede en la tierra y la mente no salga disparada por la ventana. De pronto, una pausa en la música causó el revuelo general, los gritos, los chiflidos y las risas fluían rompiendo la bruma de la atmósfera y fue en esa pausa cuando lo vi entrar, ahí estaba, cruzando la puerta, vestido de negro, como siempre, con su andar extraño y su forma de no ver a ningún lado. Al principio me desconcertó, llegué a pensar que no era él, que me estaba confundiendo, pero no, habíamos vivido lo suficiente como para poder reconocerlo aun en lo más profundo del infierno.

Intenté ignorarlo lo más que pude, pero de alguna manera mi mirada siempre lo encontraba. No se si era por el tiempo transcurrido, pero a donde volteaba ahí estaba, o más bien, me sorprendía volteando siempre al mismo lugar, había pasado tanto desde la última vez, él se veía como siempre, las mismas mañas, el mismo sujetos hosco incapaz de sonreírle a la gente, como me molestaba eso de él y lo seguía haciendo, siempre callado, siempre huraño ¿Para qué fue?

Más de una vez me pregunté a mi misma cómo se había enterado de la fiesta, el contacto que tuvo con este grupo después del divorcio fue nulo y ahora aquí estaba, intentando actuar como si no hubiera pasado un día, estaba como siempre, mezclado sin interactuar… Después pensé que alguna de mis amigas lo podría haber invitado, me enoje mucho cuando esa idea llenó mi mente, estaba saliendo de una relación complicada y pensaba que alguna de ellas pensaba que un encuentro o mejor dicho un reencuentro me podría ayudar… pero no, sabia que mis amigas no me harían eso y que todas sabían que estaba bien en general, que yo era una mujer plena y feliz así como ellas.

La fiesta estaba llegando a su ocaso, ya quedábamos pocos, tan pocos que pronto convivir con todos sería inevitable, así que decidí actuar, otra cosa que siempre me molestó de él, era incapaz de tomar una iniciativa, así que como siempre, me aproximé a él para saludarlo.

Antes de decir nada, me sonrió… si, él, el niño sin sonrisa se había dignado a regalarme una a mi… No cualquier sonrisa, mi sonrisa, la que yo sabía que era solo para mi y de la que me había enamorado profundamente. Lo acepto, me descuidé, respondí con la sonrisa que él sabía que era suya y de la que se había enamorado años atrás… Los dos reímos, no llegamos ni a saludarnos apropiadamente, creo que a ambos nos había vencido la ternura.

Platicamos un poco, casi todo del pasado, ambos teníamos poco interés en el presente, hablé casi todo el tiempo, la sed me interrumpía de vez en cuando, pero la cerveza la mitigaba de manera eficiente, él se limitaba a responder con monosílabos, como siempre… Que poco cambiamos los seres humanos, es realmente impresionante.

La fiesta se había tornado en más bien una reunión de gente apagada, era la parte más profunda de la noche, sentí ganas de irme y se lo hice saber, asintió con la cabeza y me esperó a que me encaminara a la salida. Estábamos en la calle, me ofreció acompañarme a casa, fue hasta aquí cuando realmente pude apreciar un cambio en él, su voz era distinta, un poco más brillante.

Antes de escucharlo me hubiera negado, pero debo aceptar que la sutileza de ese cambio me llamó la atención, quería saber el por que, me imaginé que podría estar viendo a alguien más y que esa persona le iluminaba de esta manera, tal vez había descubierto a Dios y eso lo llenaba de júbilo… o tal vez… solo tal vez y que era lo que en el fondo deseaba, estaba feliz de verme…

Caminamos en silencio hasta el coche, de alguna manera me recordó a la primera vez que salimos, solo que esta vez la inquietud del momento era más bien una expectativa, una pregunta y no ese fuego que los amantes sienten en el vientre cuando se miran a los ojos.

Me pidió manejar, nunca le gustó hacerlo, era un tipo muy raro, siempre me pregunté cómo podía haberme prendado de alguien así. Me abrió la puerta, le di las gracias, siempre fue un caballero conmigo y siempre le estaré agradecida por eso.

En el camino a casa rompí el silencio respecto al presente y al pasado después de nuestro tiempo juntos, pensé que eso lo desmotivaría y que de un momento a otro me pediría bajar del coche… Siempre escuchar a alguien hablar de sus relaciones es difícil, más aún cuando esas relaciones no te incluyen a ti… le conté de alguien que había tenido un impacto en lo profundo mi ser, cuando terminé se quedó mirando al suelo por un segundo, el silencio era terrible, creo que alguna canción sonaba en las bocinas, pero era un sonido distorsionado por el fuerte latido de mi corazón, me cuestioné sobre si debía haberle contado. De pronto me miró, como de la nada, era esa mirada inmensa que solía regalarme cada noche antes de dormir, justo cuando le contaba algo de mi día, el brillo de sus ojos siempre fue triste, pero esa mirada simplemente me reconfortaba o hasta llegaba a ilusionarme. Me miro y me dijo casi en un suspiro, con una sonrisa sincera en los labios “me alegro que tu vida esté llena de gente que te aprecia, que aunque no todo mundo se pueda quedar, tú siempre seas amada”.

Su mano se movió tímidamente hacia la mía, siempre me ha gustado descansarla en el freno de mano cuando manejo, me sentía como presa fácil, me descuidé otra vez, pero debo aceptar que esta vez lo había hecho a propósito, quería que se atreviera, no se si porque durante el transcurso de la noche me había dado cuenta de lo mucho que lo extrañaba o porque quería saber si aún le importaba, el caso es que estaba esperando este momento… lo estaba esperando desde hacía muchos años.

Estábamos detenidos en una luz roja, el amanecer comenzaba a jugar en el cielo, un amanecer más a su lado… si que había pasado el tiempo… Sus movimientos eran lentos, más precavidos que lo usual, nuestra piel estaba por rosarse, mi corazón golpeaba fuerte, no me atrevía a mirarlo, era demasiado, pero ambos estábamos sonriendo, lo sé, podia sentirlo.

Estaba por arrancar cuando me tomo fuertemente de la mano y subió el freno aplastándome con toda su fuerza. Si no lo hubiera hecho, un trailer abría chocado a gran velocidad contra nosotros, hubiera golpeado de mi lado y seguramente abría terminado volteándonos… el conductor tenía prisa por llegar y no se detuvo a pensar en que podía causar un accidente.

Nuestras miradas se encontraron un segundo, en un suspiro intentamos retomar la realidad, me preguntó si estaba bien, le contesté que me había espantado, pero que todo estaba bien, estábamos cerca de casa, prácticamente no dijimos más el resto del camino.

Por fin habíamos llegado, entramos sin decir nada, le ofrecí un vaso con agua, llevaba casi diez años sin tomar alcohol y supuse que eso no había cambiado, así que ni siquiera le ofrecí del vino que estaba por servirme. Aceptó el agua, tomó un sorbo y lo dejó en el mismo lugar en donde lo había servido. Por otro lado, tomé mi copa y caminé hasta mi cuarto, esperaba que él estuviera tras mis pasos. Entré, prendí la tímida luz de la lámpara de mi buró, dejé la copa, me quité los zapatos y me acosté pesadamente en la cama, cerré los ojos mientras escuchaba sus pasos aproximándose a mi. ¿Qué estás haciendo, a donde quieres llevar esto? Me pregunté, pero justo cuando luchaba por encontrar una respuesta, su ahora brillosa voz me desconcertó al preguntarme si me encontraba bien.

No me di cuenta del momento, pero cuando abrí los ojos, él ya estaba sentado junto a mi en la cama, siempre fue sutil, eso si se lo reconozco, sabía como aproximarse a mi sin exaltarme, siempre había sabido hacerlo. Me miraba tiernamente con su tímida sonrisa, me sentía cansada, no podía mantener los ojos abiertos, entre sueños le decía que lo extrañaba, que quería que me besara, no recuerdo muy bien que me contestó, solo puedo distinguir en mi memoria la palabra “contigo”.

Desperté, era tarde, la luz del sol entraba a tambor batiente, seguro el medio día había quedado atrás, la calle estaba en silencio, inusual para un domingo, todo se sentía como detenido. Me incorporé poco a poco y de pronto todo había vuelto a mi memoria, la fiesta, las miradas, el trailer. Giré la cabeza rápidamente buscándolo, lo único que encontré fue el dolor de la resaca, él se había ido…

Me molesté con él, primero pensé que estaba en algún otro lado de la casa, pero no, lo busqué, grité su nombre y nunca apareció. No solo eso, ni siquiera se había tomado la molestia de terminarse el agua y de lavar el vaso como solía hacerlo, mucho menos había dejado una nota… Al final si había cambiado.

Se hacía de noche y no podía dejar de pensar en lo ocurrido, finalmente me armé de valor y me decidí a marcarle, al principio no estaba segura porque pensé que podía haber cambiado su número, pero recordé que en general era cuidadoso de sus cosas y que no tendría razón para hacerlo. Mientras marcaba me di cuenta que lo estaba haciendo de memoria, como en aquel entonces, cuando estábamos juntos, su número era de los pocos que me sabía, el mío era el único que él se había tomado la molestia de memorizar, lo recuerdo porque peleamos fuerte esa vez, fue de nuestras primeras peleas, y, también fue de las pocas que tuvimos.

El teléfono sonaba, si no fuera porque veía como se movía mi pecho, juraría que no estaba respirando, la espera terminó, un “¿bueno?” Algo sombrío pero contundente se escuchó por la bocina, no era él, era una mujer, fue como si me hubieran golpeado con un tubo en la cabeza, hasta que caí en cuanta de qué conocía esa voz, era su hermana. Volví a la carga y la saludé aún un poco desconcertada, tuvimos una pequeña plática hueca, como esas que tienes cuando no te atreves a pedir un favor muy grande, hasta que por fin, encontré el valor para preguntar por él.

No pude evitar soltar el teléfono, fue como si todo el silencio que había reinado ahora fuera ruido, era un silencio ensordecedor, a duras penas podía distinguir la voz de su hermana gritando mi nombre por el teléfono hasta que finalmente se rindió, me dijo “lo siento” y colgó. No podía creerlo… aún no lo creo.

Me quedé despierta toda la noche observando su foto en Mar del Plata, me quedé esperando a que la imagen me diera una respuesta, estaba ante la imagen de su último día en la tierra, su última mirada, unos instantes antes de que se metiera en el mar para nunca salir de él… Se había ido para siempre, ahí en aquel lugar que nos habíamos prometido visitar… ahora, no queda nada de él, de ese tiempo, de nosotros, no queda nada salvo por este corazón roto y el dolor en mi mano derecha que no me deja dormir.

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